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Jueves Santo de la Cena del Señor

Misa in Coena Domini

El Jueves Santo por la tarde, la Iglesia se reúne en una única Eucaristía en cada iglesia, para conmemorar la institución de la Eucaristía por el Señor en el marco de la Ultima Cena, la Cena pascual, la institución del sacerdocio (en virtud del “haced esto” dicho a los apóstoles) y el mandato del amor fraterno. Esta Misa vespertina del Jueves Santo “en la Cena del Señor” es el oficio de Vísperas que nos permite entrar en el inicio del Triduo pascual, el gran prólogo a todo el Misterio pascual que viviremos el Viernes y Sábado Santos y el Domingo de Pascua. Ésta es la perspectiva justa para vivir espiritualmente la Misa in Coena Domini: una solemne introducción a los días grandes y santos.

De esta Misa poseemos testimonios de la Tradición, por ejemplo de san Agustín, o más cercano a nosotros, san Isidoro de Sevilla, quien escribe:

“La Cena del Señor se celebra el jueves último de Cuaresma, cuando Nuestro Señor y Salvador, después de observar íntegramente la pascua simbólica, pasó a la Pascua verdadera y entregó el misterio de su Cuerpo y de su Sangre por primera vez a los Apóstoles, al tiempo que, tras los celestiales sacramentos, el discípulo falaz y traidor, recibía dinero de los judíos y vendía la Sangre de Cristo. Aquel día el Salvador, levantándose de la cena, lavó los pies a los discípulos (Jn 13, 4-5), para dar lecciones de humildad, virtud que había venido a enseñar, como Él mismo había manifestado. Cosa era muy conveniente que, con hechos, diese ejemplo de lo que iba a exigir a los discípulos.

De aquí viene que en ese día se laven altares, paredes y pavimentos de los templos y se purifiquen los cálices consagrados al Señor. También en ese día se consagra el santo crisma, recordando que, dos días antes de la Pascua, María ungió con perfumes la cabeza y los pies del Señor. Y, asimismo, que el Señor dijo a sus discípulos: sabéis que dentro de dos días se celebrará la Pascua y el Hijo del hombre será entregado para que lo crucifiquen (Mt 26,1-2)” (De eccl. Off., I, 29).

Durante siglos la Misa vespertina del Jueves Santo se desplazó a la mañana del Jueves Santo (¿era esa hora ritual conveniente para conmemorar la Cena del Señor?), revestida de grandísima solemnidad, convirtiéndose casi en la única celebración litúrgica en la que participaban los fieles, desplazando la asistencia del Oficio del Viernes y sobre todo anulando la Vigilia pascual (que perdió igualmente el carácter nocturno para desplazarse a la mañana del sábado).

Gracias a la reforma del Ordo de la Semana Santa de Pío XII, las distintas celebraciones quedaron enmarcadas en su horario natural, aun cuando el peso de muchos siglos se hace sentir aún, y el empeño en participar y la misma solemnidad que se le da a la Misa in Coena Domini, no se le da ni mucho menos a la gran Vigilia pascual, ésta sí, la máxima celebración anual. Por tanto, el peso litúrgico y espiritual que ahora recae exclusivamente sobre la celebración vespertina del Jueves Santo en tantas parroquias y monasterios, debe –y esto es tarea de la educación litúrgica y espiritual- volver a su lugar primigenio, la noche de la Pascua: la solemnidad y belleza de los cantos, el exorno floral, las mejores alfombras, los mejores cálices y patenas, las vestiduras litúrgicas más bellas, el ambiente espiritual… Se trata de un retorno al equilibrio del Triduo pascual que va en línea ascendente desde la Misa in Coena Domini a su punto álgido la noche de Pascua y el domingo de Resurrección.

En cuanto a la liturgia del Jueves Santo, realmente entrañable, las normas actuales prescriben:

      “El sagrario ha de estar completamente vacío al iniciarse la celebración. Se han de consagrar en esta misa las hostias necesarias para la comunión de los fieles y para que el clero y el pueblo puedan comulgar el día siguiente.

    Para la reserva del Santísimo Sacramento prepárese una capilla, convenientemente adornada, que invite a la oración y a la meditación; se recomienda no perder de vista la sobriedad y la austeridad que corresponden a la liturgia de estos días, evitando o erradicando cualquier forma de abuso.

     Cuando el sagrario está habitualmente colocado en una capilla separada de la nave central, conviene que se disponga allí el lugar de la reserva y de la adoración.

    Mientras se canta el himno “Gloria a Dios”, de acuerdo con las costumbres locales, se hacen sonar las campanas, que ya no se vuelven a tocar hasta el “Gloria a Dios” de la Vigilia pascual…

     El lavatorio de los pies que, según la tradición, se hace en este día a algunos hombres previamente designados, significa el servicio y el amor de Cristo, que “no ha venido para que le sirvan, sino para servir”. Conviene que esta tradición se mantenga y se explique según su propio significado.

    Los donativos para los pobres, especialmente aquellos que se han podido reunir durante la Cuaresma como fruto de la penitencia, pueden ser presentados durante la procesión de ofrendas, mientras el pueblo canta “Ubi caritas est vera”.

     Será muy conveniente que los diáconos, acólitos o ministros extraordinarios lleven la Eucaristía a la casa de los enfermos que lo deseen, tomándola del altar en el momento de la comunión, indicando de este modo su unión más intensa con la Iglesia que celebra. 

     Terminada la oración después de la comunión, comienza la procesión, presidida por la cruz en medio de cirios e incienso, en la que se lleva el Santísimo Sacramento por la iglesia hacia el lugar de la reserva. Mientras tanto, se canta el himno Pange lingua u otro canto eucarístico.

    El traslado y la reserva del Santísimo Sacramento no han de hacerse si en esa iglesia no va a tener lugar la celebración de la Pasión del Señor el Viernes Santo.

    El Sacramento ha de ser reservado en un sagrario o en una urna. No ha de hacerse nunca una exposición con la custodia o el ostensorio. El sagrario o la urna no han de tener la forma de un sepulcro. Evítese la misma expresión “sepulcro”: la capilla de la reserva no se prepara para representar “la sepultura del Señor”, sino para conservar el pan eucarístico destinado a la comunión del Viernes de la Pasión del Señor.

      Invítese a los fieles a una adoración prolongada durante la noche del santísimo Sacramento en la reserva solemne, después de la misa “en la Cena del Señor”. En esta ocasión es oportuno leer una parte del Evangelio según san Juan (capítulos 13-17).

    Pasada la medianoche, la adoración debe hacerse sin solemnidad, dado que ha comenzado ya el día de la Pasión del Señor. Terminada la misa se despoja el altar en el cual se ha celebrado… No se encenderán velas o lámparas ante las imágenes de los santos”.

(Carta sobre las fiestas pascuales, nn. 48-57).
Sobre la reserva eucarística, orando ante Cristo para adentrarnos ya en el Misterio de su Pascua, el Directorio sobre piedad popular y liturgia, dice:

“La piedad popular es especialmente sensible a la adoración al santísimo Sacramento, que sigue a la celebración de la misa en la cena del Señor. A causa de un proceso histórico, que todavía no está del todo claro en algunas de sus fases, el lugar de la reserva se ha considerado como “santo sepulcro”; los fieles acudían para venerar a Jesús que después del descendimiento de la Cruz fue sepultado en la tumba, donde permaneció unas cuarenta horas.

Es preciso iluminar a los fieles sobre el sentido de la reserva: realizada con austera solemnidad y ordenada esencialmente a la conservación del Cuerpo del Señor, para la comunión de los fieles en la celebración litúrgica del Viernes Santo y para el viático de los enfermos, es una invitación a la adoración, silenciosa y prolongada, del Sacramento admirable, instituido en este día. Por lo tanto, para el lugar de la reserva hay que evitar el término “sepulcro” (“monumento”), y en su disposición no se le debe dar la forma de una sepultura; el sagrario no puede tener la forma de un sepulcro o urna funeraria: el Sacramento hay que conservarlo en un sagrario cerrado, sin hacer la exposición con la custodia. Después de la medianoche del Jueves Santo, la adoración se realiza sin solemnidad, pues ya ha comenzado el día de la pasión del Señor” (n. 141).

La Eucaristía del Jueves Santo nos sostenga en el ayuno y oración del Triduo pascual.
La Misa in Coena Domini inspire en nosotros deseos santos y la espera de la Vigilia pascual.

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